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Pieles NO

viernes, 8 de marzo de 2013

Artículo de Antonio Burgos sobre los gatos romanos


ANTONIO BURGOS | EL RECUADRO






Los gatos romanos


Yo siempre he tenido gatos negros y nunca me han dado mala suerte.Son supersticiones medievales. 






Ni esto es la Roma andaluza de García Lorca ni la Roma triunfante en ánimo y grandeza de Cervantes ni esto es nada. Si fuera tan romano como algunos soñamos, habría más gatos. No habrían pasado de moda los gatos. En Roma hasta los tienen censados. A uno y otro lado del Tíber de los poemas de Rafael Alberti y del soneto donde Quevedo le hacía buscar a Roma al peregrino, hay censados 120.000 gatos. Tan simbólicos son de la ciudad, que los han declarado monumento local, algo así como bien bioecológico protegido. Un gato tiene ahora en Roma tanta protección como un lince en Doñana o un flamenco en la laguna de Fuente Piedra. Y si Roma los ha hecho patrimonio de la ciudad, me imagino que Venecia hará dentro de poco tres cuartos de lo propio. Hermosos gatos los venecianos, orondos como dogos, displicentes dueños de las esquinas y canales de la Serenísima República, dicen que tan gordos de comer ratas. En Roma o en Venecia, los gatos son como emperadores que sobrevivieron a la llegada de los bárbaros. Aquí el gato está absolutamente pasado de moda. Aquí lo elegante, lo bien visto, lo que mola, es el perro. Cómo será la cuestión, que las cacas de perros en las aceras son un problema municipal de limpieza, mientras que nadie dice absolutamente nada de las meadas de gatos. Por la meada de un gato aquí lo que sacan es un bando sobre los perros, una ordenanza de perros, una reglamentación de perros. De los romanos, cultísimos, elegantes gatos, nadie se acuerda. Apenas los anuncios de sus comidas en la televisión. Todos tenemos un pasado de hambre y de gatos que queremos olvidar con el perro de la parcelita y del chalé. El gato recuerda demasiado escaleras de las casas de vecinos, azoteas de la Andalucía de las carencias. Gatos de los restos de las sardinas arenques, de las latas de sardina, que cazaban gorriones por las tapias de los corrales.
Y entre el gato y el perro, es que no hay color. A favor del gato, naturalmente. El gato es un monumento a la independencia. Cada gato es Daoiz y Velarde en una sola pieza. A un gato no se le puede enseñar a coger una pelota, porque no admite amos ni reconoce dueños. El gato desaparece cuando quiere, vuelve cuando quiere. El gato no tiene pedigrí ni entrenamiento. Tan solitario y tan buena persona. No se ha dado un solo caso de gato asesino, y ya ven tantos perros que atacan y medio matan a tantas criaturas. No hay gatos policías, porque todos son gatos ladrones: ladrones de la belleza de sus movimientos acolchados y neumáticos. Cuando una modelo aprenda a moverse por una pasarela con la elegancia de un gato, habrá logrado el ideal de la belleza. Si nos gusta Noemi Campbell es porque quizá sea una enorme gata negra que le da suerte a los modistos para los que desfila.
Teníamos que aprender de Roma y, si no declararlos monumentos biológicos, sí al menos ponerlos de moda. En muchas ciudades hay problemas con las palomas, que destrozan la piedra de los monumentos. ¿Cagan más ahora las palomas que antes? No, es que ahora hay menos gatos que se las coman. Más que apresar palomas y poner redes y dispositivos eléctricos en las fachadas de los monumentos, habría que contratar gatos, ejércitos gatunos que lograran el equilibrio del ecosistema. ¿No ponen halcones de cetrería en los aeropuertos para que los pájaros no choquen contra los aviones? Pues habría que hacer reservas municipales de hermosos, lustrosos, solitarios, independientes gatos que metieran a las palomas en cintura.
Sé que esto no es Roma y que estoy predicando en el desierto. La elegancia social es del perro. Lograr el prestigio literario del gato es tan difícil como llevar una manada de gatos por la carretera.
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Estoy de acuerdo con Antonio Burgos (que no es familia mía, a pesar del apellido) en todo, menos el desprecio a los perros. Gatos y canes tienen grandes cualidades, pero no las mismas.

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