

Yo tuve un profesor de griego estupendo, como profesor y como persona. Se llamaba Jesús García Pastor y daba unas clases tan amenas, que hizo que me enamorara del griego y de la Grecia Clásica, pues siempre nos contaba anécdotas. Las demás niñas no apreciaban mucho ni la lengua ni las clases, pero para mí eran una gozada. Recuerdo que nos contaba que en los Juegos Olímpicos de la antigüedad, un atleta, en Olimpia ganó varias coronas de laurel. Logró tal gloria, que, después, se suicidó, diciendo que nunca en su vida lograría llegar a aquel punto de gozo y gloria, y que prefería morir allí mismo. Desde luego, consiguió pasar a la inmortalidad.
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